¿Estamos aprendiendo a vivir o solamente a sobrevivir?

Hay días en los que me hago esta pregunta con más fuerza que otros:

¿Estamos aprendiendo a vivir o solamente a sobrevivir?

Nos levantamos temprano, miramos el teléfono, contestamos mensajes, trabajamos, resolvemos problemas, pagamos cuentas, atendemos a la familia, pensamos en lo que falta y tratamos de llegar al final del día con todo bajo control.

Y cuando finalmente llega la noche, estamos tan cansados que casi ni sabemos qué hicimos con esas horas.

Dormimos.

Y al día siguiente comenzamos otra vez.

Quizás lo hemos normalizado tanto que ya ni siquiera nos damos cuenta.

Vivimos corriendo.

Corremos para llegar al trabajo, para cumplir una meta, para pagar una deuda, para terminar algo pendiente, para alcanzar aquello que pensamos que nos hará sentir mejor.

Y claro que hay etapas en las que sobrevivir es necesario.

Hay momentos en los que la vida simplemente no nos da espacio para pensar demasiado.

Cuando perdemos a alguien.

Cuando falta el dinero.

Cuando tenemos que comenzar de nuevo.

Cuando una relación termina.

Cuando llega una enfermedad.

Cuando todo cambia de repente y lo único que podemos hacer es levantarnos cada mañana y continuar.

En esos momentos, sobrevivir también es una victoria.

Pero hay algo que me preocupa.

¿Qué pasa cuando la tormenta termina y seguimos viviendo como si todavía estuviéramos dentro de ella?

Nos acostumbramos tanto a resolver que olvidamos disfrutar.

Nos acostumbramos tanto a preocuparnos por mañana que dejamos de mirar lo que está ocurriendo hoy.

Y casi sin darnos cuenta comenzamos a dejar la vida para después.

“Cuando tenga más dinero.”

“Cuando termine este proyecto.”

“Cuando mis hijos crezcan.”

“Cuando tenga tiempo.”

“Cuando las cosas estén mejor.”

Entonces viajaré.

Entonces descansaré.

Entonces haré aquello que siempre he querido hacer.

Entonces seré feliz.

Pero los años continúan pasando mientras esperamos.

Los hijos crecen.

Nuestros padres envejecen.

Los amigos cambian.

Nosotros cambiamos.

Y algunas cosas que pensamos que podríamos hacer cualquier día terminan convirtiéndose en cosas que ya no podemos hacer.

Eso me hace pensar mucho en algo:

la vida no siempre avisa cuando un momento será el último.

No sabemos cuál será la última conversación larga con alguien.

El último abrazo.

La última Navidad todos juntos.

La última vez que uno de nuestros hijos nos pedirá ayuda para algo sencillo.

La última vez que visitaremos determinado lugar.

Por eso cada vez creo más que vivir no tiene tanto que ver con hacer cosas extraordinarias.

A veces vivir es muchísimo más sencillo.

Tomarse un café sin mirar el reloj.

Sentarse a hablar con alguien que queremos.

Reírnos hasta que nos duela el estómago.

Salir a caminar sin tener ninguna prisa.

Llamar a esa persona que llevamos días pensando llamar.

Decir “te quiero”.

Descansar sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.

Celebrar algo pequeño.

Disfrutar una tarde tranquila.

Estar presentes.

Tal vez ahí está una parte de la verdadera calidad de vida.

No necesariamente en cuánto tenemos, sino en cuánto somos capaces de disfrutar lo que ya tenemos.

Vivimos en una época en la que además tenemos una ventana abierta constantemente hacia la vida de los demás.

Las redes sociales nos muestran viajes, casas hermosas, familias perfectas, cuerpos perfectos, negocios exitosos y personas que aparentemente están viviendo exactamente la vida que soñaron.

Y aunque sabemos que una publicación nunca cuenta toda una historia, es muy fácil compararnos.

Miramos hacia afuera y pensamos:

“Yo también debería estar ahí.”

“Yo también debería tener eso.”

“Yo debería haber logrado más.”

Y mientras observamos la vida de otra persona, podemos dejar de apreciar la nuestra.

Quizás también tenemos que aprender que no todos los momentos necesitan convertirse en contenido.

Hay felicidad que no necesita una fotografía.

Hay conversaciones que no necesitan publicarse.

Hay recuerdos que pueden quedarse solamente entre las personas que los vivieron.

Hay momentos que son mucho más hermosos cuando simplemente estamos presentes.

Con el tiempo también he aprendido que nuestra definición de éxito cambia.

Cuando somos más jóvenes podemos pensar que vivir bien significa ganar más dinero, tener una casa mejor, alcanzar cierto reconocimiento o lograr determinada posición.

Después la vida comienza a enseñarnos otras cosas.

Empezamos a valorar la tranquilidad.

La salud.

Dormir en paz.

Tener a quién llamar.

Tener una mesa donde sentarnos con las personas que queremos.

Poder respirar profundamente y sentir que, aunque no todo esté resuelto, estamos bien.

Tal vez la felicidad nunca significó estar felices todos los días.

Quizás la felicidad se parece más a aprender a reconocer esos pequeños momentos que normalmente pasan desapercibidos.

Una conversación.

Una comida.

Una carcajada.

Una canción.

Un abrazo.

Un día cualquiera en el que, por unos minutos, todo parece estar bien.

Y creo que ahí está una de las grandes trampas de la vida:

esperamos demasiado para vivirla.

Esperamos que llegue el momento perfecto.

Que tengamos suficiente dinero.

Que terminemos todas nuestras obligaciones.

Que desaparezcan los problemas.

Pero ese momento perfecto probablemente nunca llegue.

Siempre habrá algo pendiente.

Siempre habrá una preocupación.

Siempre existirá una próxima meta.

Por eso últimamente intento cambiarme la pregunta.

En lugar de preguntarme solamente cuánto me falta por conseguir, también intento preguntarme:

¿Cuánto estoy disfrutando mientras intento conseguirlo?

Porque no quisiera llegar algún día al final de una vida llena de responsabilidades cumplidas y descubrir que me faltaron momentos vividos.

Quiero seguir trabajando.

Quiero seguir creando.

Quiero seguir soñando.

Quiero alcanzar metas.

Pero también quiero detenerme.

Quiero abrazar mucho.

Quiero decir lo que siento.

Quiero conocer lugares.

Quiero sentarme a conversar sin mirar la hora.

Quiero guardar recuerdos.

Quiero reírme.

Quiero disfrutar más a las personas que amo mientras estén aquí.

Porque sobrevivir puede ser necesario durante algunas etapas de nuestra vida.

Pero sobrevivir no debería convertirse en nuestra manera permanente de existir.

Quizás aprender a vivir comienza precisamente cuando entendemos que no necesitamos tener todo resuelto para permitirnos disfrutar el presente.

La vida no comienza mañana.

No comienza cuando termine el problema.

No comienza cuando tengamos más dinero.

No comienza cuando llegue esa oportunidad que estamos esperando.

La vida ya está pasando.

Mientras lees esto.

Mientras tomas ese café.

Mientras alguien que amas está a una llamada de distancia.

Mientras todavía tienes sueños.

Mientras todavía puedes cambiar de opinión.

Mientras todavía puedes comenzar otra vez.

Así que hoy quiero dejarte una pregunta.

Y quizás valga la pena detenerse unos minutos antes de contestarla:

¿Sientes que estás viviendo la vida que quieres o simplemente estás sobreviviendo a los días?

Me gustaría leerte.

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